Audio relato LA SERPIENTE del Marqués de Sade

Si creías que Sade solo escribía sobre cosas censurables en el siglo XVIII, resulta que también inventó el concepto de «macho alfa del plano astral transmigrado en reptil». Un relato tan exagerado como maravilloso donde el luto de una viuda consiste en obligar a su nuevo marido a dormir con una serpiente que hace cabriolas. Una joya del dramatismo rococó.

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Descripción

Hay que reconocerle al Marqués de Sade una capacidad envidiable para tomar la premisa más absurda posible y defenderla con una seriedad tan solemne que roza la genialidad comédica. En La serpiente, el buen marqués nos presenta a la presidenta de C…, una aristócrata de Dijon que decide llevar el concepto de «superar a un ex» a un nivel completamente psicodélico.

El conflicto es simple: la mujer está tranquilamente en su jardín cuando se le aparece un reptil haciendo «cabriolas» (algo físicamente desafiante para un animal sin patas) y, en lugar de llamar a control de plagas, deduce mediante una epifanía mística que la serpiente es la reencarnación exacta de su amante caído en batalla. Por supuesto, ocho días después llega la confirmación oficial. Porque nada dice «tu novio ha muerto en la guerra» como una culebra haciendo piruetas sobre tus rodillas a las cinco de la tarde.

Lo verdaderamente sublime de esta microficción no es la telepatía reptiliana, sino el matrimonio posterior. La dama acepta casarse de nuevo pero imprime una cláusula prenupcial innegociable: la serpiente duerme en la cama compartida. Es imposible no sentir compasión por ese pobre marido borgoñés, quien noche tras noche tiene que acomodarse al lado de la reencarnación escamada del ex de su esposa mientras esta la hace posar contra su pecho como si fuera un perro faldero.

Sade cierra con una invocación a la Providencia que se siente más como un guiño sarcástico al lector que como una reflexión devota. Un cuento breve, descarado y ridículamente divertido que demuestra que el dolor del duelo se lleva mejor con un toque de excentricidad aristocrática.

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La serpiente del Marqués de Sade


Todo el mundo conoció a principios de este siglo a la señora presidenta de C…, una de las mujeres más agradables y bonitas de Dijon, y todos la han visto acariciar y acoger públicamente en su lecho a la serpiente blanca que va a ser la protagonista de esta anécdota.

-Este animal es el mejor amigo que tengo en el mundo -le comentaba un día a una dama extranjera que había ido a verla y que mostraba curiosidad por conocer la razón de las atenciones que la bella presidenta prodigaba a su serpiente-. En otro tiempo amé apasionadamente -prosiguió ésta-, señora, a un joven encantador que se vio obligado a alejarse de mí para ir a cosechar laureles; al margen de nuestros encuentros convenidos, él me había pedido que, siguiendo su ejemplo, a unas horas determinadas nos retiráramos cada uno por nuestro lado a algún paraje solitario para no ocuparnos de nada en absoluto más que de nuestra ternura. Un día, a las cinco de la tarde, cuando iba a recogerme en un pequeño pabellón al extremo de mi jardín, para serle fiel en mi promesa, convencida de que ningún animal de esta clase hubiera nunca podido penetrar en el jardín, de pronto descubrí a mis pies a este encantador animalillo, al que, como bien podéis ver, idolatro. Quise huir; la serpiente se tendió delante de mí, parecía pedirme perdón, parecía asegurarme que bien lejos estaba de querer hacerme ningún daño; me paro, la observo; al verme tranquila se acerca, hace cien cabriolas a mis pies, unas más de prisa que las otras; no puedo contenerme y le paso la mano por encima, la acaricio delicadamente, la cojo y la pongo sobre mis rodillas, se arrebuja en ellas y parece que duerme. Una sensación de inquietud se apodera de mí… De mis ojos se escapan, a pesar mío, unas lágrimas que bañan a este animalillo encantador… Despertada por mi dolor, me mira…, gime…, alza su cabeza hasta mi seno…, lo acaricia y de nuevo se desploma anonadado… ¡Oh, cielos -grité-, todo se ha acabado; mi amante ha muerto! Abandoné aquel funesto lugar llevando conmigo a esta serpiente, a la que un misterioso sentimiento parece ligarme a pesar mío… Advertencias fatales de una voz desconocida cuyos ecos, señora, podéis interpretar como os guste, pero ocho días más tarde recibo la noticia de que mi amante había sido muerto en el preciso instante en que apareció la serpiente; nunca he querido separarme de este animal; sólo a mi muerte me abandonará; después de aquello me casé, pero con la explícita condición de que no la apartaría de mi lado.

Y tras estas palabras la gentil presidenta cogió la serpiente, la recostó contra su seno y le hizo dar, como si fuera un podenco, cien vueltas delante de la dama que la interrogaba.

¡Oh, Providencia!, si esta aventura es tan cierta como lo asegura toda la provincia de Borgoña, ¡qué inescrutables son tus designios!

FIN





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