Audio relato ESPEJO de Ambrose Bierce
Una lección magistral de egolatría estrellada contra la realidad. Ambrose Bierce nos regala una fábula afiladísima sobre un rey tan cegado por la adulación que necesita un espejo mágico para recordar que lleva corona, solo para terminar descubriendo que el resto del mundo siempre lo vio con orejas de burro. Breve, cínica y con un giro que te recuerda que el mayor peligro del ego es cortarte con sus propios pedazos.
Descripción
Hay pocas cosas más peligrosas en este mundo que un monarca con exceso de ego y demasiado presupuesto para utilería mágica. En este microrelato, Ambrose Bierce despliega su sarcasmo impecable para recordarnos que la adulación es el deporte nacional de las cortes reales… y que los aplausos suelen caducar en cuanto el jefe se da la vuelta.
La premisa es maravillosa: un rey posee un espejo mágico que solo proyecta su propia cara (el equivalente bíblico y feudal a tener una foto tuya de fondo de pantalla en el teléfono de tus empleados). Un cortesano muy hábil para el peloteo se lo pide prestado con la excusa de seguir adorándolo en sus ratos libres, solo para terminar usándolo como pisapapeles en el trastero. Porque, seamos sinceros, nadie quiere tener la foto de su jefe al lado de la cama.
Lo desopilante llega cuando el ego del monarca choca literalmente contra la superficie: al descubrir el engaño, rompe el cristal de un puñetazo, se lesiona solo (una metáfora insuperable del daño autoinfligido por el orgullo) y exige que arreglen el artefacto. El problema es que, al repararlo, el encantamiento de vanidad se rompe y el espejo por fin muestra lo que los artesanos y el pueblo sabían desde el día uno: que en lugar de un majestuoso «Sol Meridiano del Universo», lo que había en el trono era un asno coronado.
Bierce no da puntada sin hilo. Con su humor ácido habitual, desarma la hipocresía de la política y la fragilidad del poder. Sin embargo, el relato sorprende con un remate extrañamente piadoso: el rey no manda a ejecutar a todos, sino que aprende la lección, abraza la humildad y acaba transformando su reinado. Una sátira impecable que nos advierte que es mejor mirar la realidad a tiempo, antes de que el espejo de la vida te devuelva la imagen de un burro con aspiraciones.
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Espejo de Ambrose Bierce
El rey de Manchuria tenía un espejo mágico: el que miraba, veía, no su imagen, sino la del rey. Cierto cortesano que durante mucho tiempo había gozado del favor real y, en consecuencia, se había enriquecido más que cualquier otro súbdito, dijo al monarca:
—Dame, te lo ruego, tu maravilloso espejo, para que cuando me encuentre apartado de tu augusta presencia pueda, a pesar de todo, rendir homenaje ante tu sombra visible, postrándome día y noche ante la gloria de tu benigno semblante, cuyo divino esplendor nada supera, ¡oh Sol Meridiano del Universo!
Halagado por el discurso, el rey ordenó que el espejo fuese llevado al palacio del cortesano. Pero un día en que fue a visitarlo sin anuncio previo, encontró el espejo en un cuarto lleno de basura, nublado por el polvo y cubierto de telarañas. Esto lo encolerizó tanto que golpeó el espejo con el puño, rompiendo el cristal y lastimándose cruelmente. Más enfurecido aún con esta desgracia, ordenó que el ingrato cortesano fuera arrojado a la cárcel, y que el espejo fuese reparado y conducido a su propio palacio. Y así se hizo. Pero cuando el rey volvió a mirarse en el espejo, no vio su imagen, como antes, sino la figura de un asno coronado, que era lo mismo que siempre habían visto los autores del artificio, y los meros espectadores, sin atreverse a comentarlo.
Tras recibir esa lección de sabiduría y caridad, el rey puso en libertad al cortesano, hizo instalar el espejo en el respaldo del trono y reinó largos años con justicia y humildad. Y al morir, mientras dormía sentado en el trono, toda la corte vio en el espejo la luminosa figura de un ángel, que sigue allí hasta hoy.
FIN

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