Audio relato EN LA ESTACIÓN FERROVIARIA de Isaac Babel
En En la estación ferroviaria, Isaac Babel condensa en pocas líneas la desolación de la Rusia rural previa a la revolución. Mediante la estampa trágica y cotidiana de la despedida de un soldado en una remota estación, Babel contrapone el dolor silencioso con la embrutecedora evasión del alcohol. Con una prosa desgarradora e implacable, el autor desnuda la miseria social y culmina con un diálogo revelador sobre la necesidad del pueblo de embrutecerse para soportar la abrumadora nada de su paisaje y de su destino.
Descripción
En la estación ferroviaria es una muestra magistral del genio narrativo de Isaac Babel para capturar la tragedia colectiva a través de viñetas aparentemente cotidianas. Ambientado en una estación remota cerca de Penza, el relato describe la despedida de un soldado enviado al frente en medio de un ambiente impregnado de alcohol, vómito y ruina. La crudeza de la escena alcanza su punto culminante cuando la multitud descubre que el padre del soldado, a quien intentan levantar para que dé la bendición a su hijo, ha muerto en silencio en medio del bullicio.
Babel destaca por su capacidad para retratar la brutalidad humana sin caer en el sentimentalismo. La reacción del soldado —que regala su acordeón y besa la mano fría de su padre antes de subir al tren— muestra una resignación pasiva ante la muerte y la guerra, donde el dolor ha quedado adormecido por la borrachera colectiva.
El cierre del cuento eleva la anécdota a una profunda alegoría socio-filosófica. En el intercambio final entre el comerciante y el campesino barbado, este último justifica la embriaguez del pueblo señalando el horizonte: un «remoto campo negro que se extendía hasta el infinito». Ante una realidad tan vasta, vacía y hostil, el alcohol no es un vicio, sino una necesidad existencial; la «mirada turbia» es la única anestesia posible para no colapsar ante la crudeza de la vida. Babel ofrece así un retrato desolador pero desgarradoramente humano sobre la desesperación y el escape.
Leer relato
En la estación ferroviaria de Isaac Babel
Sucedió hace dos años en una estación ferroviaria alejada de la mano de Dios, cerca de Penza.
Una pequeña multitud se encontraba en una esquina del edificio de la estación. Decidí acercarme también. Resultó que estaban despidiendo a un soldado que se embarcaba rumbo al frente.
El soldado, borracho, con la cabeza erguida, tocaba un pequeño acordeón. Un hipante jovencito -un obrero, a juzgar por su apariencia- extendía las manos hacia el ejecutante y susurraba, con todo el cuerpo temblando:
-Oye, Iván, la llevas bien, la llevas bien…
Entonces se alejó y dejó caer unas cuantas gotas de colonia en un vaso sucio con aguardiente.
Una botella con turbio líquido pasaba de mano en mano. Todos habían bebido demasiado. El padre del soldado estaba sentado en el piso, algo apartado, pálido y silencioso. El hermano del soldado seguía vomitando. Se cayó, su cara golpeó el charco de vómito y se quedó dormido.
El tren llegó a la estación. Empezó la despedida. Sin embargo, el padre del soldado no quiso moverse; ni siquiera se levantó ni abrió los ojos.
-Semyonych, levántate -dijo el obrero-. Dale la bendición a tu hijo.
El viejo no respondió. Empezaron a sacudirlo. Un botoncito pegado a su sombrero de piel pendía de un hilo, balanceándose de un lado a otro. Se acercó un policía.
-¡Idiotas -dijo-, el tipo está muerto y todavía lo siguen sacudiendo!
Resultó que tenía razón. El tipo se había dormido y pasado a mejor vida. El soldado lo miraba, sin saber qué hacer. El acordeón temblaba en sus manos y estas vibraciones hacían que sonara como si lo estuviera tocando.
-Así es -seguía diciendo-, así es -extendió la mano con el acordeón y agregó-: El acordeón se le queda a Pete.
El jefe de estación apareció en la plataforma.
-Sigan festejando -dijo-, encontraron un buen lugar para festejar… Prokror, hijo de puta, da la segunda llamada…
El policía golpeó la campana dos veces con la gran llave de hierro del baño de la estación (el badajo de la campana había sido arrancado hacía mucho tiempo).
-¿Por qué no te despides de tu padre -le dijo alguien al soldado-, en lugar de quedarte ahí como una bestia idiota?
El soldado se inclinó, besó la mano fría de su padre, se persignó y caminó hacia el tren. Su hermano seguía dormido sobre su propio vómito.
Pronto se llevaron al viejo. La multitud se empezó a dispersar.
-Según tú, esta es nuestra vida de sobriedad -dijo un diminuto comerciante que estaba cerca de mí-. Caen como moscas estos hijos de puta…
-“Vida de sobriedad” una mierda -habló un campesino barbado con voz firme y pausada-. Nuestro pueblo es un pueblo borracho, porque necesita tener la mirada turbia…
-¿Qué dices? -preguntó el comerciante, aparentemente tenía dificultad para oír.
-Mira aquí -respondió el campesino y apuntó con la mano hacia el remoto campo negro que se extendía hasta el infinito.
-¿Y eso qué? -“¿Y eso qué?” ¿Y eso qué? ¿Acaso se ve algo turbio allá? Por eso nuestro pueblo necesita una mirada turbia, de veras turbia.
FIN

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