Audio relato EN EL PAÍS DE QUEEQUEG
El minimalismo escandinavo es una broma al lado de la solución que propone este relato. Herman Melville nos presenta la solución definitiva al diseño de interiores: el mueble humano. Un microrelato brillante, absurdo y con un toque de ergonomía bastante cuestionable que te hará pensártelo dos veces antes de pedirle un favor a tu jefe o irte de camping sin silla. ¡Ideal para leer mientras te acomodas en tu sofá tradicional de tela!
Descripción
Si alguna vez has sentido frustración montando un mueble de IKEA porque te sobraban tres tornillos, el país natal de Queequeg te propone un sistema mucho más orgánico, ecológico y, sobre todo, abultado. En esta joya satírica inspirada en las visiones insulares de Moby Dick, Melville nos deleita con una lección magistral de decoración aristocrática: si no hay sofás en la isla, la alta sociedad simplemente se encarga de engordar a sus súbditos para convertirlos en cómodas otomanas portátiles.
El texto desborda un humor negro delicioso y una crítica afilada a los lujos extravagantes de las élites. La logística es pura eficiencia: compras a ocho o diez individuos perezosos, los distribuyes por el salón y listo, casa amueblada. ¿Lo mejor? La versión portátil para excursiones. Olvídate de las pesadas sillas plegables de decatlón; aquí el sirviente atiende la llamada de su amo y se metamorfosea instantáneamente en un canapé sobre el barro o bajo la sombra de un árbol.
Con una prosa elegante que contrasta maravillosamente con el disparate de la premisa, Melville demuestra que la comodidad de unos pocos siempre se ha erigido —literalmente— sobre las espaldas de otros. Una lectura brevísimo, ácida y desternillante que te garantiza dos cosas: una sonrisa culpable y un repentino agradecimiento por el acolchado sintético de tu sillón.
Leer relato
En el país de Queequeg de Herman Melville
Debido a que allí no se conocían los canapés ni los sofás, el rey y los altos jefes, al igual que todas las personas de cierto rango, tenían por costumbre engordar a algunos de sus súbditos para utilizarlos como otomanas. Por lo tanto, para amoblar adecuadamente una casa con tal método, se hace preciso comprar ocho o diez individuos perezosos y distribuirlos por las habitaciones. Cuando se va de excursión, el método resulta también muy práctico, mucho más que nuestras sillas transformables en bastones, puesto que, al ser llamado por su amo, el servidor se transforma automáticamente en canapé, colocándose en el lugar más conveniente, bien sea a la sombra de un árbol o evitando a su dueño las incomodidades de cualquier terreno encharcado o húmedo.
FIN

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