Audio relato EL ELEFANTE BLANCO de Jean-Pierre Claris
Hay que tener mucho talento para darle una lección de humildad a toda la raza humana en menos de una página, y Jean-Pierre Claris de Florian lo clava por completo en El elefante blanco.
Descripción
La premisa roza el absurdo cotidiano: imagínate a un gigante de cuatro patas viviendo a cuerpo de rey, con establo de palacio, comiendo en vajilla de oro puro y con multitudes postrándose a sus pies. La mayoría de nosotros nos habríamos acomodado a la buena vida, pero nuestro protagonista es un paquidermo con crisis existencial y un coeficiente intelectual demasiado alto para la época. Extrañado por tanto alboroto, le pregunta a su cuidador a qué se debe semejante trato si él, al fin y al cabo, es solo un animal.
Ahí es donde entra en juego el ego colosal del ser humano. El cuidador le responde con toda la naturalidad del mundo que los sacerdotes han dicho que en los elefantes blancos habitan las almas de los grandes héroes de patria. Es decir: «Te adoramos no por ser tú, sino porque asumimos que te pareces a nosotros».
El remate de la fábula es sencillamente genial. El elefante, lejos de comprarse el discurso ególatra, reflexiona sobre la naturaleza de su especie:
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Son poderosos, pero jamás abusan del débil.
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Son altivos y dignos, pero cariñosos y moderados.
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Tienen el poder absoluto, pero la fama no ha corrompido sus virtudes.
Con una lógica implacable y una elegancia bárbara, el animal le pide al cuidador que lo deje volver a la selva a comer pasto en paz. Su argumento final es una bofetada con guante de seda: si los elefantes son seres tan nobles y puros, ¿cómo se le ocurre a alguien pensar que tienen dentro el alma de un humano?
Claris nos regala una joya mordaz, llena de un humor sutil que desmonta nuestro antropocentrismo. Una lectura express que se lee con una sonrisa en la boca, pero que te deja pensando en lo mucho que nos gusta mirarnos al ombligo… y lo mucho que tendríamos que aprender de la selva.
Leer relato
EL ELEFANTE BLANCO de Jean-Pierre Claris
En varios países de Asia se venera a los elefantes, en especial los blancos. Tienen por establo un palacio, comen en recipientes de oro, todos los hombres se postran ante ellos y los pueblos luchan para arrebatarse tan preciado tesoro. Uno de estos elefantes, gran pensador, inteligente, le preguntó un buen día a uno de sus conductores por qué le rendían tantos honores, dado que en el fondo él no era más que un simple animal.
-¡Ay! Eres demasiado humilde -fue la respuesta-. Todos conocemos tu dignidad y toda la India sabe que, al abandonar esta vida, las almas de los héroes armados por la patria habitan por un tiempo en los cuerpos de los elefantes blancos. Nuestros sacerdotes lo han dicho, por lo tanto debe ser así.
-¡Cómo! ¿Somos considerados héroes?
-Sin duda.
-De no serlo, ¿podríamos disfrutar en paz, en la selva, de los tesoros de la naturaleza?
-Sí, señor.
-Amigo mío, entonces déjame ir, porque te han engañado, te lo aseguro; si reflexionas comprenderás de inmediato el error: somos altivos pero cariñosos; moderados pero poderosos; no injuriamos a los más débiles; en nuestro corazón, el amor sigue las leyes del pudor; pese a la situación privilegiada en la que nos encontramos, los honores no han modificado nuestras virtudes. ¿Qué más pruebas se necesitan? ¿Cómo es posible que alguien haya visto en nosotros el menor rasgo humano?

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