Audio relato DAVID SWAN de Nathaniel Hawthorne

Un joven viajero se queda dormido a la orilla del camino sin saber que, durante su breve siesta, la Fortuna, el Amor y la Muerte pasan a su lado. Nathaniel Hawthorne ofrece un relato alegórico y fascinante sobre las infinitas oportunidades y peligros invisibles que bordean nuestra existencia.

somdn_product_page

Descripción

David Swan es uno de los relatos cortos más evocadores y filosóficos de Nathaniel Hawthorne. La premisa es tan sencilla como brillante: un joven de veinte años, cansado por el calor del verano mientras camina hacia Boston, decide descansar a la sombra de unos arces junto a un manantial. Mientras duerme plácidamente, ajeno a todo lo que sucede a su alrededor, una serie de transeúntes se cruzan en su camino, cada uno representando una dirección completamente distinta que su vida podría haber tomado.

A través de una narrativa rica en ironía y sensibilidad, Hawthorne despliega tres encuentros cruciales: la promesa de una riqueza inesperada de la mano de unos ancianos adinerados, el atisbo de un amor puro y correspondido con una joven campesina, y la amenaza letal de dos criminales dispuestos a asesinarlo. Ninguno de estos eventos llega a concretarse; todos se disipan tan rápido como llegaron, dejando al protagonista intacto y sin sospechar jamás que estuvo a un paso de la opulencia, la felicidad romántica o la muerte.

Este cuento es una meditación magistral sobre la Providencia, el azar y la fragilidad del destino humano. Hawthorne nos recuerda que nuestras vidas no solo están moldeadas por los eventos que experimentamos, sino también por aquellos «casi acontecimientos» que rozan nuestra realidad sin dejar rastro. Una obra imprescindible para quienes disfrutan de los clásicos breves con un profundo trasfondo existencial.

Leer relato

DAVID SWAN Un cuento fantástico de Nathaniel Hawthorne

Solo podemos conocer de forma parcial los acontecimientos que realmente influyen en el curso de nuestra vida y en nuestro destino final. Existe una infinidad de otros sucesos —si es que así pueden llamarse— que rozan nuestra existencia y, sin embargo, se desvanecen sin producir consecuencias reales, ni siquiera revelando su proximidad mediante el reflejo de alguna luz o sombra en nuestra mente. Si pudiéramos conocer todas las vicisitudes de nuestra suerte, la vida estaría tan llena de esperanzas y temores, de exaltación o desengaño, que no nos concedería ni una sola hora de verdadera serenidad. Esta idea puede ilustrarse con una página de la historia secreta de David Swan.

Nada tenemos que ver con David hasta que lo encontramos, a la edad de veinte años, en el camino real que conducía desde su pueblo natal hacia la ciudad de Boston, donde su tío, un pequeño comerciante de ultramarinos, lo emplearía tras el mostrador. Baste decir que era natural de New Hampshire, hijo de padres respetables, y que había recibido una educación escolar ordinaria, complementada con un toque clásico tras un año en la Academia de Gilmanton. Después de caminar a pie desde la salida del sol hasta cerca del mediodía de un día de verano, el cansancio y el calor creciente lo animaron a sentarse bajo la primera sombra conveniente y esperar la llegada de la diligencia. Como si hubiera sido plantado a propósito para él, apareció pronto un pequeño bosquecillo de arces con un delicioso rincón en el centro y un manantial de agua tan fresca y burbujeante que parecía no haber brotado jamás para otro caminante que no fuera David Swan. Virgen o no, la besó con sus labios sedientos y luego se arrojó a la orilla, reclinando la cabeza sobre unas camisas y un par de pantalones atados en un pañuelo de algodón a rayas. Los rayos del sol no podían alcanzarlo; el polvo no se levantaba aún del camino tras la intensa lluvia de la víspera, y su yacija de hierba le sentaba al joven mejor que una cama de plumón. El manantial murmuraba soñoliento a su lado; las ramas se mecían con aire de ensueño contra el cielo azul, y un sueño profundo, que tal vez ocultaba visiones en sus profundidades, cayó sobre David Swan. Pero hemos de relatar acontecimientos con los que él ni siquiera soñó.

Mientras yacía profundamente dormido a la sombra, otras personas estaban bien despiertas y transitaban de un lado a otro, a pie, a caballo y en toda clase de vehículos por el camino soleado junto a su aposento. Algunos no miraban ni a la derecha ni a la izquierda y no sabían que él estaba allí; otros apenas echaban una mirada en esa dirección sin dar cabida al durmiente en sus atareados pensamientos; algunos sonreían al ver cuán profundamente dormía, y varios, cuyos corazones rebosaban de desprecio, arrojaron su sobrante de veneno sobre David Swan. Una viuda de mediana edad, cuando nadie más estaba cerca, asomó un poco la cabeza en la arboleda y juró que el muchacho se veía encantador mientras dormía. Un conferenciante sobre la temperancia lo vio y tejió al pobre David en la trama de su discurso vespertino como un caso espantoso de ebriedad fulminante a la orilla del camino. Pero la censura, el elogio, la alegría, el desprecio y la indiferencia eran todo uno, o más bien nada, para David Swan.

Llevaba dormido solo unos momentos cuando un carruaje castaño, tirado por un hermoso par de caballos, avanzó suavemente y se detuvo casi frente al lugar de descanso de David. Se había caído un pezón del eje, lo que permitió que una de las ruedas se saliera. El daño era leve y solo causó una alarma momentánea a un anciano comerciante y a su esposa, que regresaban a Boston en el carruaje. Mientras el cochero y un criado colocaban de nuevo la rueda, los señores se resguardaron bajo los arces y allí divisaron el manantial burbujeante y a David Swan durmiendo a su lado. Impresionado por la reverencia que hasta el durmiente más humilde suele infundir a su alrededor, el comerciante caminó tan suavemente como se lo permitía la gota; y su esposa se cuidó mucho de no hacer crujir su vestido de seda, no fuera que David se levantara de golpe.

—¡Qué profundamente duerme! —susurró el anciano caballero—. ¡Desde qué profundidad exhala esa respiración tan pausada! Un sueño así, logrado sin ningún opiáceo, valdría para mí más que la mitad de mis ingresos, pues presupondría salud y una mente tranquila.

—Y juventud, además —dijo la dama—. Una vejez sana y pacífica no duerme así. Nuestro descanso no se parece al suyo más que nuestra vigilia.

Cuanto más lo miraban, más se interesaba esta anciana pareja por el joven desconocido, para quien la orilla del camino y la sombra del arce eran como una estancia secreta, protegida por el rico penumbra de cortinados de damasco. Al percibir que un rayo de sol extraviado centelleaba sobre su rostro, la dama se las arregló para apartar una rama e interceptarlo. Y habiendo hecho este pequeño acto de bondad, comenzó a sentirse como una madre para él.

—La Providencia parece haberlo puesto aquí —susurró a su esposo— y habernos traído hasta aquí para encontrarlo, tras la decepción que sufrimos con el hijo de nuestro primo. Me parece ver un parecido con nuestro difunto Henry. ¿Lo despertamos?

—¿Con qué objeto? —dijo el comerciante, vacilando—. No sabemos nada del carácter del joven.

—¡Ese rostro tan franco! —respondió su esposa con la misma voz velada, pero con vehemencia—. ¡Este sueño tan inocente!

Mientras intercambiaban estos susurros, el corazón del durmiente no palpitó aceleradamente, ni su respiración se alteró, ni sus facciones mostraron la menor señal de interés. Sin embargo, la Fortuna se inclinaba sobre él, a punto de dejar caer un tesoro de oro. El anciano comerciante había perdido a su único hijo y no tenía más heredero de sus riquezas que un pariente lejano de cuya conducta no estaba satisfecho. En tales casos, la gente a veces hace cosas más extrañas que jugar a ser magos y despertar en la opulencia a un joven que se durmió en la pobreza.

—¿No lo despertamos? —repitió la dama de modo persuasivo.

—El carruaje está listo, señor —dijo el criado por detrás.

La anciana pareja se sobresaltó, se sonrojó y se alejó a toda prisa, preguntándose mutuamente cómo habían podido llegar a soñar con hacer algo tan ridículo. El comerciante se reclinó en el carruaje y ocupó su mente con el plan de un magnífico asilo para hombres de negocios desafortunados. Mientras tanto, David Swan disfrutaba de su siesta.

El carruaje no debía de haber avanzado más de una milla o dos cuando apareció una joven bonita que caminaba con un paso ligero, el cual revelaba con precisión cómo danzaba su pequeño corazón en su pecho. Quizá fue este movimiento alegre lo que causó —¿hay algún mal en decirlo?— que el nudo de su liga se desatara. Consciente de que la tira de seda —si de seda era— estaba cediendo, se apartó hacia el refugio de los arces y ¡allí encontró a un joven dormido junto al manantial! Poniéndose tan roja como una rosa por haber entrado en el aposento de un caballero, y además para tal fin, estuvo a punto de escapar de puntillas. Pero había un peligro cerca del durmiente. Un abejorro monstruoso había estado revoloteando por encima de su cabeza —bzzz, bzzz, bzzz—, ya entre las hojas, ya cruzando los destellos de sol, ya perdiéndose en la sombra oscura, hasta que finalmente pareció dispuesto a posarse en el párpado de David Swan. La picadura de una abeja es a veces mortal. Tan generosa como inocente, la muchacha atacó al intruso con su pañuelo, lo espantó enérgicamente y lo echó de la sombra del arce. ¡Qué estampa tan dulce! Concluida esta buena acción, con la respiración agitada y un rubor más intenso, echó una mirada furtiva al joven extraño por quien había estado luchando contra un dragón en el aire.

«¡Es hermoso!», pensó ella, y se ruborizó aún más.

¿Cómo era posible que ningún sueño de dicha se hiciera tan fuerte en él que, roto por su propia fuerza, se entreabriera y le permitiera percibir a la muchacha entre sus fantasmas? ¿Por qué, al menos, no iluminó su rostro una sonrisa de bienvenida? Había llegado ella, la joven cuya alma, según la antigua y hermosa idea, había sido separada de la suya y a quien, en todos sus vagos pero apasionados deseos, anhelaba conocer. Solo a ella podía amar con un amor perfecto; solo a él podía ella recibir en lo más profundo de su ser. Y ahora su imagen se reflejaba tenuemente en el manantial, a su lado; si se desvanecía, su dichoso resplandor no volvería a brillar jamás en su vida.

—¡Qué profundamente duerme! —murmuró la muchacha.

Se marchó, pero no siguió su camino con la misma ligereza con la que había llegado.

Resulta que el padre de esta muchacha era un próspero comerciante rural de las cercanías y, en ese preciso momento, andaba buscando a un joven de las características de David Swan. Si David hubiera entablado conversación con la hija en el camino, se habría convertido en el dependiente del padre, y todo lo demás habría llegado por añadidura natural. Así pues, aquí también la buena suerte —la mejor de las suertes— se había deslizado tan cerca que sus vestiduras lo habían rozado; y él no se había enterado de nada.

La muchacha apenas había desaparecido de la vista cuando dos hombres se desviaron bajo la sombra del arce. Ambos tenían rostros sombríos, resaltados por gorras de tela caladas de lado sobre las cejas. Sus ropas eran andrajosas, aunque poseían cierta elegancia ordinaria. Eran un par de granujas que se ganaban la vida con lo que el diablo les enviara y que ahora, en un receso de otros asuntos, habían apostado las ganancias conjuntas de su próxima villanía a una partida de cartas que iba a decidirse allí, bajo los árboles. Pero al encontrar a David dormido junto al manantial, uno de los pillos susurró a su compañero:

—¡Chitón! ¿Ves ese bulto debajo de su cabeza?

El otro rufián asintió, guiñó un ojo y miró con malicia.

—Te apuesto un trago de aguardiente —dijo el primero— a que el tipo tiene una cartera o un buen puñadito de calderilla guardado entre las camisas. Y si no está ahí, lo encontraremos en el bolsillo de los pantalones.

—¿Y si se despierta? —dijo el otro.

Su compañero se apartó el chaleco, señaló el mango de un puñal y asintió.

—¡Que así sea! —murmuró el segundo villano.

Se acercaron al inconsciente David y, mientras uno apuntaba con la daga hacia su corazón, el otro comenzó a registrar el bulto bajo su cabeza. Sus dos rostros, torvos, arrugados y cadavéricos por la culpa y el miedo, se inclinaron sobre la víctima, con un aspecto tan horrible que habrían podido confundirse con demonios si él se hubiera despertado de golpe. Es más, si los villanos hubieran mirado de reojo al manantial, ni ellos mismos se habrían reconocido reflejados allí. Pero David Swan nunca había mostrado un aspecto más tranquilo, ni siquiera cuando dormía sobre el pecho de su madre.

—Tengo que quitarle el bulto —susurró uno.

—Si se mueve, asesto el golpe —murmuró el otro.

Pero, en ese instante, un perro que venía olfateando el suelo entró bajo los arces y miró alternativamente a cada uno de aquellos hombres malvados y luego al tranquilo durmiente. Después bebió un poco del manantial.

—¡Bah! —dijo uno de los rufianes—. Ya no podemos hacer nada. El dueño del perro tiene que venir justo detrás.

—Echemos un trago y vámonos —dijo el otro.

El hombre del puñal guardó de nuevo el arma en su pecho y sacó una petaca, pero no de las que matan de un solo disparo. Era un frasco de licor con un vaso de peltre enroscado en la boca. Cada uno bebió un buen trago y abandonaron el lugar con tantas bromas y risas por su maldad frustrada que podría decirse que continuaron su camino llenos de alegría. En pocas horas habían olvidado todo el asunto, sin imaginar ni por un momento que el ángel del registro había anotado en sus almas el delito de asesinato con letras tan duraderas como la eternidad. En cuanto a David Swan, siguió durmiendo plácidamente, sin ser consciente de la sombra de la muerte cuando se cernía sobre él, ni del resplandor de la vida renovada cuando esa sombra se retiró.

Dormía, pero ya no con tanta tranquilidad como al principio. Una hora de reposo le había quitado a su cuerpo flexible el cansancio con el que lo habían cargado muchas horas de trabajo. Ahora se removía; ahora movía los labios sin emitir sonido; ahora hablaba, en un tono musitado, con los espectros del mediodía de su sueño. Pero un ruido de ruedas avanzó fragoroso y cada vez más fuerte por el camino, hasta irrumpir a través de la niebla disipada del sueño de David: era la diligencia. Se levantó de un salto, despejado y con todas sus ideas en orden.

—¡Hola, cochero! ¿Lleva a un pasajero? —gritó.

—¡Hay sitio arriba! —respondió el conductor.

David se acomodó en lo alto y avanzó alegremente hacia Boston sin dedicar siquiera una mirada de despedida a aquel manantial de vicisitudes idílicas. Ignoraba que un fantasma de la Riqueza había arrojado un tinte dorado sobre sus aguas; que uno del Amor había suspirado suavemente ante su murmullo; y que uno de la Muerte había amenazado con teñirlas con su sangre, todo en la breve hora transcurrida desde que se acostó a dormir. Dormidos o despiertos, no oímos los pasos sutiles de las cosas extrañas que estuvieron a punto de suceder. ¿No demuestra esto la existencia de una Providencia tutelar el hecho de que, mientras acontecimientos invisibles e inesperados se cruzan continuamente en nuestro camino, siga habiendo en la vida mortal la regularidad suficiente para hacer que la previsión sea, al menos, parcialmente útil?

Valoraciones

No hay valoraciones aún.

Sé el primero en valorar “Audio relato DAVID SWAN de Nathaniel Hawthorne”

SoundLibris como afiliado de Amazon y otras plataformas de audiolibros, obtiene ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.